Florilegio escondido

Relatos florecidos de la maleza.

El sol había terminado de salir cuando llegaron a la casa de su abuela Isabel. El camino se había llenado con su memoria, con sus cuentos y anécdotas distorsionadas por la nostalgia.

En los silencios se colaba la tristeza honda que pensaron haber dejado atrás.

Beatriz y Mateo, balde en mano y una pila de trapos, se detuvieron frente a la puerta de madera que crujía con el viento.
Entrar era como recorrer un umbral invisible entre el ayer y el ahora: la penumbra olía a recuerdos almacenados.
Sabían que debían limpiar, pero el polvo que cubría cada objeto parecía proteger cual hechizo ancestral no solo la casa, sino también los secretos y la ternura de una vida entera.

Mateo le dio unas palmaditas de ánimo en la espalda a su hermana, rompiendo el encanto y fue entonces cuando se pusieron manos a la obra.

Mientras sacudían los estantes y removían montones de objetos cubiertos por el tiempo, Beatriz sintió una curiosidad extraña hacia el cajón de madera que descansaba en los últimos estantes de la biblioteca.

La muchacha lo retiró con cuidado. La biblioteca se tambaleó al perder la estabilidad que le concedía.

Allí entre revistas, diarios y recortes descansaban una serie de cuadernos manuscritos, cada uno más gastado que el anterior.

Mateo, al verla quieta, se acercó para mirar por encima de su hombro.

—¿Qué es eso?

Ella le pasó uno, sin responder, mientras hojeaba las páginas amarillentas con cuidado.

Estaban cargadas de historias, recetas, secretos y yuyos. Algunos sabios, otros oscuros.

—¿Vos viste alguna vez esto acá? — le preguntó a Mateo.

—No sé, la biblioteca no era mi lugar predilecto.

Para el insomnio—leyó Beatriz en voz alta —un puñado de melisa, una cucharadita de nostalgia, y silencio bien caliente. Beber con los ojos cerrados. No preguntar por qué funciona.

Mateo sonrió con incredulidad.

—Buscame la de cómo curar el empacho—bromeó—¿Qué pasa? —dijo al ver que su rostro había ensombrecido.

—Te leo—dijo—Soñé con el jardín de noche. Las plantas hablaban, pero no usaban palabras. Me señalaban la tierra húmeda, como si debajo hubiese algo que olvidé enterrar. Me desperté con barro en los pies.

Se hizo un silencio breve, un viento fresco se coló con fuerza entre las rendijas de la casa y el lugar pareció por un momento, el escenario perfecto de una película de horror.

—¿Te los vas a llevar? —preguntó él, rompiendo la tensión.

Ella asintió con la cabeza.

—Creo que es lo único que importa— murmuró.

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