La escritura creativa: arte, recreación y terapia

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Escribir, incluso antes de pensar en un posible lector, supone un diálogo constante con uno mismo. En ese diálogo descubrimos que un texto nacido del deseo de contarle una historia a otro puede terminar revelándonos algo sobre nosotros mismos. Del mismo modo, las líneas que comienzan como una catarsis terapéutica pueden transformarse en una composición narrativa.

La palabra justa

Escribir con la intención de contar una historia y transmitir emociones implica buscar en nuestra propia experiencia de vida aquellos momentos en los que fuimos felices, en los que nos sentimos miserables o en los que nos emocionamos por un gesto sencillo. También implica encontrar las palabras capaces de comunicar esas experiencias e invitar al posible lector a empatizar. Este ejercicio remueve, en cualquiera que lo haga, un montón de sentimientos y recuerdos que trastocan nuestro ánimo.

Figurémonos frente a la computadora, con la intención de escribir un cuento de terror. El reloj marca pasadas las once de la noche de un martes y el edificio está en silencio. Ese silencio también está en la hoja en blanco, que empieza a llenarse con las primeras líneas que, casualmente, describen el pasillo hacia tu ascensor. En la memoria buscás horrores y la forma de describirlos, pero un escalofrío te recorre la espalda cuando recordás la sombra que veías deslizarse por debajo de la puerta del dormitorio cuando tu madre la entornaba antes de irse a dormir. Tenías ocho años y te tapabas con la frazada. Quedabas paralizado del miedo. El vaho caliente de tu propio aliento apenas te dejaba espacio para respirar. Y entonces, mientras escribís, tomando tu presente y tu pasado y haciendo uso del acopio de emociones que guardás, tenés la espalda dura; y entre el sonido de cada tecla, prestás atención al silencio del pasillo.

Sin brújula

¿Y qué ocurre si nos sentamos a experimentar con el lenguaje escrito, sin intención de contar ni analizar, sin buscar transmitir nada más que el deseo de dejar volar nuestra necesidad de rellenar un espacio en blanco con posibilidades? Escribir simplemente como recreación nos ayuda a encontrar nuevas maneras de expresar ideas que existen, pero que son difíciles de traducir al lenguaje común, con las restricciones del mundo, del deber ser, de las reglas sobre cómo debe ser un texto correcto y de las normas sintácticas, ortográficas y estructurales.

En ese juego, la escritura deja de ser una herramienta para comunicar algo definido y se convierte en un espacio de exploración, donde la imaginación encuentra caminos que la razón todavía no había trazado.

Purificación

No poder expresar en voz alta lo que sentimos, o no tener a quién decírselo, puede desembocar en la práctica de escribirlo. No hace falta que medie una recomendación del psicólogo: en muchos momentos de la vida, poner en el papel —o en un documento de texto— eso que sentimos y de lo que no podemos liberarnos es una herramienta generosa con nosotros mismos. Y si, en ese camino de decir cómo nos sentimos, exploramos la posibilidad de vestir a otra persona con nuestros conflictos, podemos hacerla recorrer caminos que no nos animamos a explorar, o que ya nos resultan imposibles. Así, de a poco, en ese intento por descubrir qué haría ese ser ficticio en determinadas situaciones, encontramos una historia que contar.

La escritura creativa, entonces, no pertenece a un único territorio. Puede nacer desde el deseo de contar una historia, del juego libre con las palabras, o de la necesidad íntima de ordenar aquello que sentimos. En cualquiera de estos caminos, escribir nos permite transformar la experiencia, y la inexperiencia, en sentido.

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